Mientras esperaba la salvación, seguía con mis cosas. Mis días eran ordenados, tal vez eso fuera lo más importante para mí. Me levantaba a las cuatro de la mañana, hubiera o no dormido, ponía comida y agua al gato, y luego me sentaba a la frágil y algo inestable mesa y escribía durante un par de horas. Escribir es una actividade refrescante si se hace de la manera correcta. Refresca la mente, refresca el alma. Al menos, así lo veo yo. La velocidade crea fricción, la fricción crea calor, y eso también se aplica a los pensamientos, que fácilmente se vuelven febriles e insalubres cuando tienen el campo libre dentro de un espacio pequeño. Escribir los ralentiza, los alarga, los conduce lentamente y con mano suave a nuevos lugares, donde el paisaje es abierto y domina la libertad. Con ese movimiento llega la conciencia de que lo que hay aquí no es todo. Y, entonces, el aquí se hace llevadero, a veces incluso tiene sentido.
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Pero tengo un jardín y una biblioteca. Y la añoranza de todo lo demás. Porque es fácil pensar que la añoranza es lo que no es, lo que falta. Pero no es así. La añoranza también es algo, también es valiosa. Yo la uso para escribir.
Karl Ove Knausgård, Los lobos del bosque de la eternidad


